miércoles, 4 de agosto de 2010

Eidolancer - Capítulo 2

A kilómetros de distancia, en un campo nevado, se hallaba un joven misterioso, de pelo largo y azul claro y mediana estatura, rodeado por muchísimos soldados imperiales, más de cien. Los soldados no paraban de mirar al joven del centro, apuntándole con sus armas. El joven parecía de lo más tranquilo.

- ¡TE TENEMOS, EIDOLANCER! -gritaron varios soldados a la vez.
- Queridos imperiales… ¿No os cansáis de emprender una y otra vez la misma misión, siempre fracasándola?
- ¡EL FRACASO HA TERMINADO! ¡LLEVAREMOS TU CABEZA AL EMPERADOR! ¡SE ACABÓ LA AMENAZA DE LOS EIDOLANCER! ¡LARGA VIDA A KHAMJA!
- Parecéis críos que ven una piruleta… Dáis lástima. -dice serenamente el joven del centro.
- ¡MATAR AL EIDOLANCER! -gritó un imperial.
- ¡MATARLO! ¡MATARLO! ¡MATARLO! -vitoreaban sus compañeros.
- Pondré fin a vuestra euforia…

El joven del centro se elevó en el aire, agarrando una especie de talismán. Un aura plateada apareció a su alrededor.

- ¡A LAS ARMAAAAAAAAAAAS! -vocearon los imperiales, corriendo hacia el joven.
- Balrog, demonio de la gravedad, acude a mi llamada y muéstrame de nuevo tu ira. -dijo el joven con los ojos cerrados.

Una intensa luz marrón inundó la zona, concentrada sobre todo en un haz que había en el lugar donde el joven Eidolancer se encontraba. En la parte alta del haz de luz apareció una figura, una especie de minotauro alado gigante, que se desvaneció en luz y entró en el cuerpo del Eidolancer. Al instante, este cambió de forma, adoptando una forma más grande con los cuernos, las alas y los colores de Balrog.
- Empieza la función. -dice el Eidolancer riendo y ascendiendo en el aire.

- ¡NO OS QUEDÉIS QUIETOS! ¡A ÉL! -voceó un imperial.
- Gravedad Cero. -dijo el Eidolancer extendiendo la mano hacia el suelo.

Todos los soldados salieron disparados hacia arriba a gran velocidad.

- Gravedad Cien.

Los soldados cayeron al suelo a velocidad aún mayor, rompiéndose en pedazos nada más caer.

- Cada vez dáis más y más pena, imperiales… Gravedad restaurada.

A lo lejos se podía ver a un imperial corriendo, que se había escapado antes de que el Eidolancer absorbiese a Balrog. Antes de que éste pudiese hacer nada, una figura con una espada le cortó la cabeza, y se acercó al Eidolancer. Era una chica algo más baja que él, de pelo largo y oscuro y tenía pinta de un poco más joven que él.

- No deberías dejar que escape ni uno -le dijo sonriendo
- ¿Crees que me he dado cuenta de que se iba? -le contesta él sin revertir la forma de Balrog.
- Supongo que no -le contesta ella.
- Bien. ¿Qué ocurre, vienes a por mí para llevarme al Imperio y conseguir la recompensa?
- Qué va... Odio a Khamja con todo mi ser.
- ¿Por algo en especial?
- Por muchas cosas…
- Ah, vale. -dice el Eidolancer fríamente.
- Me llamo Claire, encantada -dice ella tendiéndole una mano.
- …
- ¿Ocurre algo?
- Nada. Me llamo Reginleif. -dice él recuperando su forma original y estrechando su mano con desgana.
- ¿Peleas contra Khamja?
- Me defiendo de Khamja. Pero sí, también me dan asco.
- Ah.. ¿Por qué te atacaban tantos a la vez?
- Como ya sabrás, soy Eidolancer, y mi cabeza vale un dineral para el Imperio.
- Lo sé, sale en un montón de anuncios… Pero has despachado a centenares de soldados en cuestión de segundos. ¡Eres invencible!
- Invencible o no.. no importa. Desde luego un arsenal de juguetitos del Emperador no van a atraparme así porque sí. Y más cuando tengo aún cosas importantes que hacer en la vida.
- Me gusta tu espíritu -dice ella sonriendo.
- …
- Entonces, ¿no puedes morir de ninguna manera?
- La muerte siempre existe, nadie puede librarse de ella.
- ¿Cómo? ¿Cómo puedes morir tú?
- ¿Crees que voy a decírtelo? Mi cabeza tiene un precio que haría rico hasta a la familia mendiga más pobre del universo. ¿Crees que le voy a decir cómo matarme a alguien a quien acabo de conocer?
- Te comprendo…
- Estoy a la espera de más imperiales. Me aburro.
- ¿No tenías cosas importantes que hacer en la vida?
- Cosas fuera de alcance.
- ¿Cómo cuáles?
- …
- Vale, no me vas a decir nada…
- Un consejo te doy.. Nunca confíes en quien pueda ser el enemigo.
- ¿Eso lo dices por mí? ¡No soy el enemigo!
- Eso deberás demostrarlo.
- Al fin y al cabo te entiendo, yo en tu situación tampoco iría confiando en la gente…
- Me alegra saber eso.
- Bueno, tengo que marcharme, ¡espero que volvamos a vernos!
- Adiós.
La joven echó a andar, hasta que Reginleif la perdió de vista.
- Buen intento, Sword. Si quieres esa recompensa, me temo que deberás currártelo más. -dice Reginleif para sí.

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